Aquí os dejamos la última de las poesías ganadoras del concurso en la categoría de mayores de 16 años.
Antonio Peñalosa Garcés y
Andrés Desiderio Nuño

Le llaman Caminito, en realidad ni siquiera sabe mucha gente cual es su auténtico nombre. Se acostumbró y se acostumbraron a que le llamasen así, mientras él respondía con una sonrisa simple y sencilla. ” desde que se fueee, nunca mas volvióóó…. desde que se fueeee triste vivo yooo… caminiiiito amigo, caminiiiito adiós…” Ese tango acompañaba a Caminito siempre, o desde hace mucho tiempo, porque ahora ya no se le oye cantar casi nunca. Pero quienes le conocieron, sus coetáneos, sus amigos, dicen que andaba canturreando con frecuencia esa canción de un modo muy sentido, cadencioso y lánguido como el vuelo de los búhos. Y por eso le llamaban todos Caminito.
Pasó toda su vida cuidando las ovejas y ahora también lo hace, aunque parece que menos, porque sólo tiene unas cuantas, un rebañito de menos de cien con el que entretenerse, más que intentar sacar rendimiento. Al fin y al cabo, como él dice, no sabe hacer otra cosa. Aunque él realmente no sabe, que la sabiduría que atesora tiene un valor único e incalculable porque está fraguada desde hace siglos, desde que el hombre pastorea los ganados y el día que él se vaya, se irá con el lo que ni siquiera sabe, que sabe.
Hace poco, se acercaron a Caminito, esas gentes que se cuelgan la cámara fotográfica al cuello, se ponen pantalones que atestiguan su quehacer de fin de semana, que le llaman senderismo y sin preguntar más, enfocaron su cámara al rebaño y dispararon, sintiéndose artistas por meter en la tripa del aparato el discurrir cotidiano de un ganado. Caminito sonrió como siempre lo hacía, sin importarle nada lo que a él le parecía una tontuna de los de la capital, hasta que alguien dijo : “huele a oveja”. Desapareció en la cara del hombre la sonrisa con que les agasajaba y apareció en su cara la ferocidad de un lobo para decirles: “y vosotros que sabís a lo que huelen las ovejas.” Una mujer del grupo, sin dudar que era un momento de tensión y un agravio para el hombre, se sintió atraída y condescendiente con los sentimientos del hombre. Aplicó su interés por todas las cosas y se le ocurrió preguntar dulce y femeninamente: “¿Señor, a qué huele su ganado?” Caminito, que siempre hablaba poco, estuvo en silencio unos segundos, sintió que de verdad se preocupaba la mujer por su forma de sentir, por algo íntimo que ella sabía que, ciertamente, era diferente la percepción que él tenía de su ganado, que lo que percibía la demás gente y contestó con sosiego y explayándose: ” ¿A qué quiere que huela para mi el ganado? Si he jugado con los corderos antes de que me salieran dientes, si he corrido tras de ellos en su paridera y me he abrigado con ellos mientras dormían unos entre otros… A tardes tibias del invierno, a ruda cuando comen ruda, a tomillo y a romeros, a tiernasoles y acederas. A madre cuando amantan, a calostros, a limarzos, a tierra mojada, a madrugada… ¿ A qué quiere que huelan para mí, señora? … A sombra fresca, a bellotas y chaparro, a manantial y estrellas, a canción y luna, a camino y senda, a laderas, a cantera y a cumbres, a sueños… también a sueños. A mi vida, señora, a mi vida…”
Atónitos quedaron todos, los ojos de la mujer a punto de brotar por la emoción que produjo la contestación de Caminito. Y aún se atrevió con otra pregunta. “¿Está usted casado señor?”. “No -contesto- tuve novia, cuando tenía quince años, pero marchó con sus padres a Argentina y nunca mas volvió”.
Caía la tarde a plomo, el rebaño alzó la cabeza satisfecho, Caminito dio una voz, el ganado le siguió y poco a poco se fue alejando mientras entonaba como nunca la canción que siempre le acompañó y que hoy pareció que se quedaba colgada como un lamento entre las últimas luces, escondida entre las sombras.